Trabajo Misionero en China

“No están aquí para convertir a los chinos; están aquí para que se haga la voluntad de Dios.”

Cofundadores Rev. P. Edward Galvin y John Blowick en Hanyang, China, 1920.

Este fue el consejo que el P. Edward Galvín les dio a los primeros sacerdotes y hermanas de la Sociedad Misionera de San Columbano en China a inicios de 1920. Sus palabras llegan al corazón mismo de nuestro ser como misioneros Columbanos. Como misioneros simplemente nos disponemos a seguir al Espíritu Santo.

Puesto que la misión de la iglesia es obra de Dios, o como San Lucas lo expresa, la obra del Espíritu, es el mismo Espíritu Santo la fuente de nuestra vocación misionera como individuos y como sociedad misionera de sacerdotes. Nada ajeno a la inspiración y orientación del Espíritu Santo puede explicar nuestra vocación personal a la misión, ni como iniciamos una sociedad misionera al servicio de otros países, ni los países que hemos escogido para trabajar, ni lo que hemos podido lograr.

Como los obispos del Concilio Vaticano II dijeron en el decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia: “El Espíritu Santo… implanta en el corazón de las personas una vocación misionera y al mismo tiempo impulsa nuevos institutos en la Iglesia que se encargan de la evangelización, que le pertenece a toda la Iglesia y la hace como si fuera su propia tarea especial”.

En su encíclica sobre la actividad misionera, el Papa Juan Pablo II escribió al describir a los primeros evangelizadores: “La venida del Espíritu Santo los hace testigos y profetas. Los llena de serena valentía que les impulsa a transmitir a otros su experiencia de Jesús y la esperanza que los motiva. El Espíritu les otorga la capacidad para dar testimonio de Jesús con ‘atrevimiento’”.

“Cuando los primeros evangelizadores bajan a Jerusalén, el Espíritu se vuelve más que su guía, ayudándoles a escoger tanto aquellos a quienes deben de ir como los lugares adonde su camino misionero debe llevarlos. La obra del Espíritu se manifiesta particularmente en el ímpetu dado a la misión, que, según las palabras de Cristo, se extiende desde Jerusalén a toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra.”

Como era en un principio, así también es el Espíritu Santo quien dirige la misión de la Iglesia en cada generación. A través de unas circunstancias misteriosas y providenciales, los Padres Columbanos se iniciaron con el P. Eduardo Galvín. Antes de ir al seminario en Irlanda, pensó seriamente hacerse misionero, pero en deferencia a las preocupaciones de sus padres sobre la vida misionera, entro al seminario de Maynooth donde se formaba a los jóvenes para una diócesis en el mismo país. En 1909, el día de su ordenación, su obispo, como no tenía lugar para él en la diócesis, le aconsejó ir a América y regresar a su país en tres años. El P. Galvín fue a Nueva York y trabajó como asistente en la parroquia del Santo Rosario en Brooklyn, Nueva York. Fue allí donde conoció al P. Juan M. Fraser, un misionero canadiense, que pronto regresaba a China.