En memoria del Padre Miguel
Publicado por Pavel Valencia en Artículos, Testimonios el 21 de enero de 2007 | Sin comentarios
Todos los que conocíamos al Padre Miguel, lo recordamos como una persona amable, cariñosa y paciente, siempre escuchaba a cualquiera con respeto y no se cansaba de responder a cuanto pedido… tenía muchos “clientes”.
Era extrovertido y podía compartir con el pobre y con el rico por igual. En sus primeros años de estadía en Perú, podía celebrar una misa con los peones de una hacienda y almorzar con una familia pudiente en Lima.
Llegó al Perú en el año 1952, con el P. Malaquias Lynam (“Laines”), a la naciente parroquia del Beato Martín de Porres, en la Av. Caquetá. No hubo donde alojarse, y se hospedaron con los Jesuitas en el Colegio “La inmaculada”, en la Colmena, hoy la Universidad Villarreal. Vino en barco y ocurrió que también cruzaron el Atlántico con él unos seminaristas Jesuitas, entre ellos un tal Luis Bambarén, mas tarde Obispo de los Pueblos Jóvenes y después Obispo de Chimbote.
Con su tacto y trato diplomático se hacía amigos con facilidad. Así formó un círculo de personas influyentes que lea ayudaron económicamente en su labor.
En 1956 fue presentado, por estas amistades, a la Sra. Clorinda Málaga de Prado, esposa del Presidente Manuel Prado. Se hicieron tan amigos que el P. Miguel podía ingresar al palacio como a su propia casa, y a veces desayunaba con ellos. La Sra. Clorinda presidía la Junta de Asistencia Social (¿) y con su apoyo el P. Miguel podía ayudar a muchas familias pobres con medicinas, cocinas, víveres, esteras, colchones, frazadas, recomendaciones para trabajos, etc.
Por un tiempo eran muy frecuentes las invasiones de tierras baldías en el Cono Norte. Hoy donde lucen casas, tiendas y negocios de 4 pisos, en aquel entonces todo eran esteras. Cuando ocurría un incendio, los pobladores buscaban al P. Miguel que les acompañara a las autoridades.
Durante años una cola de personas esperaban a las 7.00 a.m. a la puerta del P. Miguel para pedirle su ayuda o alguna recomendación. Siempre les escuchaba con paciencia y respeto. Nunca se enfadaba, ni con los más pesados.
Con tantas invasiones en los años ‘50 y ’60, la clase dirigente y política se preocupaba. Primaba el respeto por la propiedad privada y la letra de la ley y el orden social.
El P. Miguel ayudó a cambiar de mentalidad al Presidente Prado y sus ministros. Los llevó a comprender que las familias invasoras resolverían a su modo el gran problema de la vivienda, algo que el gobierno sólo nunca podía hacer. Creo que fruto de este diálogo fue la formación de la Cooperación Nacional de Vivienda, que hizo en Condevilla una obra de vivienda sencilla pero adecuada, de 1,500 casas que las familias supieron desarrollar.
Entre nosotros los Columbanos, cuando surgía un problema, buscábamos al P. Miguel para resolverlo. Por ejemplo, un Columbano fue detenido en el aeropuerto por llevar $50 que no había comprado en el Banco de la Nación –Según Decreto Ley vigente, corría el peligro de ser encarcelado y después de 3 años deportado del país ¡pánico! ¿Dónde está Miguel? ¡En la playa! Cuando volvió a la parroquia a las 5.00 p.m. se le explicó el problema. A las 8.00 p.m. estaba resuelto el asunto. Con la ayuda de su amigo León Velarde, logró entrar en la casa del General Velasco, El llamó a un oficial y le dijo: “flaco, llama a fulano y alcánzame el teléfono”. Dijo: Oye fulano, hay un padrecito detenido en el aeropuerto en la sección de control de divisas, suéltalo enseguida y llámame cuando salga”.
Así fue el P. Miguel, para muchas personas durante tantos años.
A fines de los años ’60 fue destacado por la Congregación a Australia y Nueva Zelanda. Allí con su don de palabra y su trato diplomático ganó la amistad y la ayuda de mucha gente. Pero siempre quiso volver al Perú y al cabo de 5 años volvió para ser Párroco de Todos los Santos. De allí pasó a la parroquia El Buen Pastor, cuyo territorio experimentaba un desarrollo urbano acelerado. Construyó los templos y ambientes de lo que hoy día son las Parroquias de: Santa María de la Providencia, San Columbano de Covida, Reina de los Cielos, Villa Norte, Villa Sol. Antes fue le primer párroco de esta parroquia, La Virgen Dolorosa y estuvo de párroco en Tahuantinsuyo por un año.
Construyó este templo. De aquí pasó a iniciar la parroquia de Santísimo Sacramento de Condevilla, a donde invitó a las Madres de San Columbano a dirigir la escuela parroquial.
Cuando se formó esta nueva Diócesis de Carabayllo, hace 10 años, Mons. Lino Panizza, lo nombró Vicario General, una movida astuta y acertada. Porque el P. Miguel conocía a todos los 70 sacerdotes de las parroquias que integran la diócesis y también a muchas religiosas, cuando el flamante obispo conocía a algunos pocos.
Con su tacto diplomático, experiencia y sentido común, el P. Miguel pudo aconsejar al nuevo obispo y resolver cualquier problema que surgiera. Antes con el Cardenal Augusto Vargas, era amigo y consejero apreciado. Dos veces el Card. Vargas propuso al P. Miguel en la lista de 3 personas que se envía a Roma para nombrar un nuevo obispo. El P. Miguel aceptó figurar en la lista pero como el tercer candidato, sólo como “relleno”, decía. “No me interesa ser obispo”.
En Mayo del 2002, poco después de celebrar sus 50 años en el Perú, fue hospitalizado de un cáncer al pulmón, que no daba ninguna señal. El que nunca se enfermaba, pensaba que tenía un resfrío. Su recuperación fue lenta. Pensaba volver a su última parroquia Nuestra Señora del Carmen en Comas y a su despacho en el obispado, pero nunca resultó así.
Durante sus últimos 4 años y medio guardaba su buen humor y recibía a sus amigos y “clientes”. Mons. Lino le recomendó como guía espiritual a los seminaristas, tarea que hizo con gusto.
Poco a poco se iba debilitando. En noviembre pasado vinieron de visita sus dos hermanas y su cuñado. (Tenía dos hermanos varones y tres hermanas mujeres). Pero ya se encontraba bastante débil. Murió en la madrugada del 21 de diciembre, justamente en el 57 aniversario de su ordenación sacerdotal, había cumplido 81 años a fines de octubre.
Demos gracias al Señor por habernos dado un hombre dedicado de corazón al servicio del Evangelio, de sus hermanos pobres y de la Iglesia.
Que disfrute del banquete eterno de la mesa del Padre y que su memoria sea siempre fresca entre todos los que lo hemos conocido y apreciado.
P. Mario Carthy SSC
NOTA: Para ampliar las fotos, pulse en cada miniatura.
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